El pasado mes de octubre del 2016 me tocó vivir una experiencia única y desafiante. Correr la desafiante maratón de la ciudad de Buenos Aires, que cuenta con un recorrido de 42 Kilómetros. Un multitudinario encuentro que posee la mayor convocatoria de Sudamérica.

Fue muy emocionante y desafiante participar de esta carrera que es conocida como la prueba más importante del atletismo argentino. La misma contó con 11.724 participantes, tuvo su largada y llegada en la avenida Figueroa Alcorta al 7000 y recorrió puntos emblemáticos de la ciudad, como el Obelisco, la Plaza de Mayo, La Bombonera y Puerto Madero.

Largaron atletas y aficionados de distintos países que corrieron la misma competencia, pero con objetivos diferentes. Estaban los que debutaban, los que ya habían desafiado los 42 kilómetros con 195 metros; la elite, compuesta por atletas africanos, sudamericanos y los que como yo, soñaban con mejorar su marca. Lo que para mí tenían que ser 3 horas y 5 minutos, se convirtieron en 4 horas con 25 minutos (mi peor tiempo en 4 maratones). No cumplí, ya sé. Pero cumplí en DEJAR TODO. ¡No me rendí!

La cuenta regresiva arrancó. Fueron 10 segundos que parecían varios minutos de espera. Llenos de ansiedad y expectativas. Primero salieron los corredores Elite, luego llegó el momento y desde la carpa del RaceExperience salí con el siguiente grupo. Fui haciéndome espacio entre la masa de corredores, iba a buen ritmo y proyectando las 3 horas y cinco minutos. Unos cuantos kilómetros de carrera, se me acerca un corredor a preguntarme si había corrido la Maratón de Mendoza 2016. Recordó que estuve ahí por el sombrero Piri y como ambos teníamos previsto el mismo tiempo, fuimos juntos unos cuantos kilómetros.

Todo iba según lo planeado. El cuerpo respondía bien, no faltaba aire, había piernas, pero repentinamente a los 17 kilómetros todo cambió.

Una lesión se siente en la rodilla izquierda, un poco más adelante se suma la rodilla derecha y para completar el combo, se sumó el tobillo izquierdo. Todavía no llegaba ni a la mitad de la carrera. ¿Cómo se suponía que continúe o que aguante el dolor y siga avanzando? Aún faltaban 25 kilómetros por recorrer.

Así estuve por muchos momentos, con las manos en las rodillas y sin ganas de continuar. Estaba muy cerca de tirar la toalla y decir “ya no puedo más, ovalema”. Llegar a los 30 kilómetros fue una batalla, pero una batalla ganada. De ahí la lucha interna por no abandonar la carrera, se volvió mucho más difícil. Incluso más difícil que intentar poner un pie frente al otro.

El trayecto se hacía cada vez más largo. Con lo que me quedaba de determinación, de esperanza, más el apoyo de los corredores, y el apoyo que todos me enviaron decidí continuar. Pero mi cabeza daba vueltas en no poder seguir y con el mal tiempo que estaba haciendo, toda la expectativa que tenía se transformó en decepción. Más aun sabiendo la cantidad de personas que depositaron en mí su confianza y que con sus buenas vibras me dieron su aliento y apoyo. Ellos creyeron en mí.

Luché hasta el final, saqué mis últimas reservas para aguantar cada paso, trotaba cuando podía. No iba a abandonar hasta que se acabe la última gota de sudor, de ser así, sacaría hasta lágrimas si hacía falta. Así, fue que en el kilómetro 38 me puse a llorar, por mí y por los que me depositaron su confianza. El dolor y la decepción me estaban quebrando, pero por suerte pude darlo vuelta y canalicé las lágrimas en fortaleza, como un escudo para continuar.

Al llegar al kilómetro 40 vi a Elisa Forti, corredora de ultra trails de 81 años. Conocer su historia y verla me hizo poder trotar la última recta. Y así orgulloso de igual manera puedo decir que NO ME RENDÍ y que puede vencerme a mí mismo.

Estoy eternamente agradecido con TODOS, sin el apoyo, esto no hubiera sido posible. Atravesar la meta de 42 kilómetros te aporta una experiencia única que se transmite a tu vida profesional y personal.

¡Carla Cassanello gracias por acompañarme y darme fuerzas!

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